I love this place... but it's haunted without you.

thanks for reading and following :)

1.26.2010

spilt coffee

Yo estaba sentada, ojeando mi revista favorita, en el restaurante de siempre, en la mesa de siempre.
Una mesa para dos con sólo una silla ocupada. La otra esperaba sola y desolada que alguien se sentara encima. Justamente, lo mismo que estaba esperando yo. ¡Qué coincidencia!
Eran las 11.16 de la mañana, y frente a mí había una taza de capuccino caliente, con un toque de canela en polvo. A su lado, un sandwich, recién salido de la plancha, de jamón con queso - mi favorito -. Y por último, un vaso de agua. Desde pequeña había cogido la manía y la rutina de no desayunar antes de las 11.00, sobretodo porque no me levantaba casi nunca antes de esa hora, y si lo hacía, era para ir al colegio, sin tiempo de desayunar; así que esos días, nada más levantarme, me dirigía hacia la cocina y me bebía un vaso entero de agua. Seguido. Casi sin respirar. Con ese vaso de agua tenía para estar en forma hasta la hora de comer.
Ese día, no estaba prestando demasiada atención a la revista, ya que, dos minutos después de haberla abierto, él entró en el restaurante. ¿Qué hacía él ahí? Nunca desayunaba con los demás. A esa hora desaparecía y a las 11.30 era cuando se le volvía a ver el pelo.
Parecía muy ensimismado. Ese día iba con muchas prisas. No sé la razón, y la verdad, es que me importa muy poco. Le miré varios minutos seguidos, con la esperanza de que me viera y el dolor le reconcomiera por dentro. Esperé... No miró. Mis ojos siguieron fijos y clavados en el como dos alfileres... Pero no miró. ¿Cómo podía ir tan tranquilo por la vida después de todo lo que había hecho?
Ordenó su desayuno, quizás café, quizás un bocadillo de tortilla, no lo sé. Otro dato que es irrelevante, la verdad.
El restaurante era pequeño. Constaba de una barra y unas cinco mesas pequeñas, algunas con dos sillas, como la mía, y otras con cuatro. Mi mesa de siempre estaba casi pegada a la barra, por lo que los demás clientes debían tener cuidado para no darse conmigo - o con cualquier persona que ocupara la mesa -.
Él ordenó, y para recoger su pedido tenía que pasar por mi mesa. Bajé la mirada. "¡Deja de mirarle!" "No le importaste entonces, no le vas a importar ahora..." Mis ojos se encontraron con mi café. Lo cogí con mis dos manos, soplé y comencé a darle un sorbo sin levantar mirada. Justo en ese instante, él pasó deprisa por mi mesa y me dió un pequeño golpe en el codo derecho, por lo que el café quedó derramado encima de mi camisa. Una camisa blanca que... vaya. Era la misma camisa de aquella vez.
Él, que tenía mucha prisa, justo después del golpe, se dio la vuelta y dijo muy rápido:
-"Perdóname".
Y volvió a girarse. No me vio. Me miró, pero no me vio. Yo era para él una persona más. Es probable que solo viera una camisa blanca flotando. Como si yo no existiera. No se dio cuenta de quién era yo.
Y dijo nada más y nada menos que "perdóname"... ¡Qué fácilmente decía ahora esas palabras! Hacía un año, no se hubiera molestado en decirlas. Me hizo daño y no se había dignado a pedirme perdón.


***
¿Cuánto cuesta pedir perdón? Desde niños nos enseñan a pedir perdón cuando las cosas las hacemos mal, y a nosotros, por la enseñanza religiosa recibida, nos han enseñado que todo en esta vida merece perdón. Yo nunca he dicho que no le vaya a perdonar, pero el que no se digna a pedir algo, que no espere que se lo regalen.



Have a nice day!
xoxo.

3 comments:

Manuel said...
This comment has been removed by the author.
javi said...

Hola!! tus gustos muy iguales a los mios...

Anonymous said...

hahahah me encanta lo del restaurante xD
la historia mola..
me gusta como tiñes la realidad
besitos de tu ouch q te qiere

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